María Alché, “La levedad oscura”

Las clases de Nora siempre son leves. Las cosas se mueven de un modo suave, ameno, divertido y ocurrente. Las indicaciones de Nora siempre parecen envolventes. son físicas, pero a su vez mentales. Exige de nosotros una determinada predisposición mental, muy precisa: que hagamos las cosas para nosotros mismos. Que nada va a estar bien ni mal, si estamos concentrados en eso. Pareciera como un mantra, que también se dice a ella misma. No hay un bien ni un mal en lo que ocurre y es real, porque está ocurriendo.

Nora se vuelve reveladora, enunciando siempre lo simple y lo evidente, lo que de tan obvio, nadie se  atrevería a decir.  Pero en un momento algo ocurre. Algo que no se qué es, se produce, y una simple estructura arbitraria, quizás una consigna, una repetición de una forma, empieza a provocar un material que es de otro orden: a veces es siniestro, sórdido, oscuro, cómico, emotivo o profundo, o todo a la vez, o alguna de estas cualidades. Y como si uno tirara de un hilo muy finito, que no se sabe dónde empezó, estamos ante lo inaudíto: ante unas escenas de sueño, extrañas, donde los que hablan parecen ser un desdoblamiento de un personaje, una conciencia, una pesadilla. Los paisajes y las escena son como un fresco dantesco, a veces pienso que son paisajes imposibles que ocurren en un limbo. Se vuelven peligrosos, porque Nora no pretende entenderlo todo. Porque sabe perfectamente que si deja lugar a ese peligro, a ese abrir medio abismado de no entender, va a aparecer el misterio o el milagro de la escena. Y todos quedamos asombrados, ante ese pase mágico. A ese movimiento invisible, de actores expuestos probando al borde de fracasar y de repente se convierte en una escena magistral, donde te parecen los actores mas increíbles que viste en tu vida y lo que ocurre, se vuelve lo mas real del mundo.
Creo que ese pase mágico, ocurre por ese abrirse sin entender, o bien, por entender que la realidad de las cosas, está oculta detrás de algo, que solo se ve si uno entrecierra los ojos, mira con cierto mareo o distorsión de la realidad, y saliéndose de la percepción habitual que la sociedad nos impone en cuanto a género, sexo, tiempo, edad y todas las otras categorías.

Es como si la mirada de Nora, supiera librarse de todo eso, y mirar de otro modo. Ese otro modo, nos acerca a unos paisajes lyncheanos, misteriosos, imposibles, donde tampoco hay bien ni mal, ni juicio moral. Donde parece que las personas que mas sufren no son las que lloran, sino que las emociones circulan de un modo tangencial, completamente real y abierto, sin conclusiones, como la realidad misma.  Siempre me acuerdo de una frase que dijo: jugar es feroz. Creo que esas dos palabras asociadas juego y ferocidad, que aparentemente se opondrían, pueden ser una pista. Entender el juego como algo feroz, tremendo, despiadado. Entonces atreverse a jugar, es un montón, no es algo ingenuo, es algo que da vértigo y nos deja despojados de las ideas preconcebidas de nosotros mismos.

© 2018 Nora Moseinco / Escuela de actuación

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