Débora Nishimoto

Es difícil describir el taller porque significaría traducir una experiencia muy física e interior en un lenguaje que no le es tan propio: el de la palabra.
Trabajamos mucho en desarmar las ganas de actuaciones que consideramos “buenas” para poner la atención en procedimientos de entrega. Ahí entran en juego los ejercicios y la guía de nuestra profesora. Ella no nos propone que pensemos en personajes ni ideas finales sino en un movimiento que nos permite accionar sin miedo, cada uno con su propio devenir.
Al final de la clase, se experimenta una atmósfera de advenimiento, de un tiempo no lineal que transcurrió hasta llegar a escenas finales explosivas, musicales, que salen del aparente vacío pero son en realidad una acumulación de tres horas de pruebas.
El (no)método de este seminario nos conduce a la idea de que todos somos creativos, todos tenemos una potencia propia, singular. Ninguno es más “talentoso” que otro. Cualquiera que se entrega al procedimiento y confía, puede encontrarse con la sorpresa, con una real “emergencia”: es decir, que algo emerja de donde no sabemos. No frustrarse ante el error, comprender que toda actuación es desechable, que una escena que comenzó hermosa puede al instante ser horrible es fundamental para el trabajo.
Exploramos ese vacío donde parece no haber ningún material, y sin embargo, allí es donde se aloja la actuación. Nuestras acciones para investigar el imaginario lúdico personal tienden a ser desbordadas, sobreactuadas, caóticas, un material que no es bello ni esperanzador. Lo más parecido a un impulso, a soltar, a dejar entrar para ver lo que pulsa. Muchas veces son cosas que como actor subestimamos o nos dan pudor.
Estoy en un momento en el que me siento muy vital, animándome a fallar y errar porque en el fracaso, que no es tal, es donde más fructífero y rico se vuelve el trabajo. Deseo marearme aún más, entregarme a su consigna de lleno porque confío en su mirada para desenvolverme sin miedo. O más bien, porque sé que puedo surfear esa ola del miedo y sacar de allí material inesperado.
Quiero seguir trabajando esa atención al compañero que me permite entrar en su mundo, empaparme y conmoverme con su prueba. Porque la entrega y disponibilidad es algo que se logra a lo largo del tiempo.
El caos de las clases me apasiona, me brillan los ojos cuando veo escenas formadas en el vacío total de la prueba, me contagio del desparpajo, del despliegue. En clase no existe la división entre quienes actúan y quienes observamos: todos somos parte de una misma energía. Uno habla mientras otro que observa no se contiene y va a tocar el piano. De repente, sin esperarlo se forman instantes conmovedores que celebramos porque somos capaces de ver el mecanismo que llevó a eso.
Lo importante que sigo aprendiendo en clase es a prestar atención no al resultado sino a mi relación con él. Si hago una prueba “mala”, ¿cuál es mi reacción? ¿Me importa? ¿No me preocupa, la descarto y sigo intentando? Y si es “buena”, ¿la celebro y olvido? ¿O la celebro y ya anhelo algo más brillante? Me reconozco en una etapa en la que logro más que antes descartar toda prueba, simplemente intento una y otra vez, digo y veo qué me sucede en el cuerpo cuando algo finaliza, qué espero, qué siento. También estoy en un momento de más presencia del cuerpo. Cuando comencé el entrenamiento me concentraba más en mi decir, en mi poesía, que a veces era poderosa pero mi cuerpo estaba ausente. Hoy ambos comienzan a unificarse y potenciarse.
Los encuentros con Nora y mis compañeros me ayudan a transcurrir con más vitalidad, a escuchar mi cuerpo y prestar atención a ese instante difícil de atrapar, a desarmar todas las estructuras académicas, sociales y emocionales que acarreo desde chica. Siento que cada encuentro tiene la cualidad de ritual: esa necesidad humana de entrar en consonancia con otros para estar menos solos. Con el tiempo logré entender lo importante de entrenar con frecuencia para que mi instrumento se vuelva más vulnerable: en esos momentos de vulnerabilidad se vislumbra la actuación. El entrenamiento en la escuela resuena en mí y me hace vibrar de una manera diferente no solo en lo actoral sino en mi vida diaria. Me ayuda a no anhelar futuro, sino a estar presente en el momento en el que sucede lo que suceda, a no querer saber qué es lo que vendrá, porque lo que transcurre es lo valioso.

© 2018 Nora Moseinco / Escuela de actuación

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